INTRODUCCIÓN

sábado, 8 de noviembre de 2008

Siempre recordé los campos que envolvían los veranos de mi adolescencia con el color rígido del trigo maduro.
Muchos años después, volví a la dehesa salmantina para acompañar en el último viaje a un ser querido.
Después del entierro, me dirigí hacia el huerto que tenía mi abuelo para ver el ciruelo al que tantas veces estuve encaramado. Me quedé durante un tiempo observándolo, en silencio.
El viejo ciruelo yacía muerto.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que una ráfaga de aire hizo que despertara de mi sueño. Entonces me giré lentamente en la dirección que me marcaba el viento y observé verdaderamente por primera vez a mí alrededor. Me encontraba rodeado de campos rebosantes de trigo, de un trigo joven y verde.
Así, el aire que me desveló y mecía los campos, cambió para siempre el color del trigo de mis recuerdos.

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